Amistad
La orquesta de los raros
Ada dirige instrumentos que nadie quiere escuchar; Félix descubre que el concierto solo funciona cuando dejan de corregir aquello que los hace distintos.
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Historia de ejemplo protagonizada por Ada y Félix.
La orquesta tenía una tuba que estornudaba, un violín con una sola cuerda y siete campanas afinadas en tonos que no figuraban en ningún manual. Ada levantó la batuta. El primer acorde hizo huir a tres palomas y al patrocinador.
Félix, responsable del teatro, propuso esconder los instrumentos extraños detrás del telón. Ada aceptó ensayar una melodía convencional, pero cuanto más intentaban sonar como otra orquesta, peor tocaban. La tuba se deprimió y dejó incluso de estornudar.
La noche del estreno, Félix abrió el telón antes de tiempo. El público vio el caos: músicos discutiendo, campanas fuera de compás y Ada riéndose del desastre. La batuta bajó y cada instrumento recibió permiso para tocar el sonido que mejor sabía hacer.
El resultado no fue armonioso en el sentido habitual. Fue divertido, valiente y absolutamente nuevo. El público permaneció en silencio un segundo largo; después pidió otra pieza. Félix cambió el cartel de la entrada: «Orquesta de los Raros. Se ruega venir con los oídos abiertos».
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