Fantasía
El puente de cristal
Para llevar una medicina al otro lado del valle, Amina y Tomás deberán cruzar un puente que desaparece cuando dejan de confiar.
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Historia de ejemplo protagonizada por Amina y Tomás.
La niebla había aislado el valle y la medicina debía llegar antes de medianoche. Amina conocía la leyenda del puente de cristal; Tomás conocía el río. Por separado, no sabían cómo cruzarlo.
El primer tramo apareció bajo los pies de Amina. Era transparente y fino como hielo. «No mires abajo», pidió Tomás. «No me digas qué no hacer; dime dónde pisar», respondió Amina. Así inventaron un lenguaje: dos golpes para avanzar, uno para detenerse, una risa para recordar que seguían el mismo ritmo.
A mitad del río, la niebla separó sus voces. Tomás creyó que Amina había caído y se volvió. El puente crujió. Entonces oyó, muy cerca: «Confía también cuando no puedas verme». Dio el paso más difícil sin ninguna tabla visible, y el cristal reapareció al tocarlo.
Entregaron el frasco cuando el reloj de la aldea marcaba las doce. Al regresar, ya no había puente, solo estrellas reflejadas sobre el agua. Nadie creyó del todo su relato, pero durante años los habitantes usaron aquel código de golpes para guiarse en la niebla.
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