Fantasía
El reloj de las nubes
Un reloj averiado congela una tarde sobre el pueblo, y Mara y Elio deben decidir qué instante merece volver a ponerse en marcha.
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Historia de ejemplo protagonizada por Mara y Elio.
A las cuatro y diecisiete, todas las sombras del pueblo dejaron de moverse. La lluvia quedó suspendida sobre los paraguas y una bandada permaneció inmóvil en el cielo. Solo Mara, que conocía los relojes, y Elio, que repartía cartas, podían andar entre aquel tiempo detenido.
Subieron a la torre siguiendo un tic-tac que sonaba detrás de las nubes. Allí encontraron un reloj enorme con un engranaje vacío. La pieza faltante tenía la forma exacta de un recuerdo feliz. Para fabricarla, debían entregar uno y olvidarlo para siempre.
Elio ofreció la tarde en que aprendió a montar bicicleta. Mara, el olor del taller de su madre. Discutieron hasta advertir una inscripción diminuta: «El tiempo no pide lo que amas, sino lo que no compartes». Entonces narraron esos recuerdos en voz alta, con cada detalle, y el hueco empezó a llenarse de luz.
El reloj volvió a latir. Las gotas terminaron de caer y las aves completaron su vuelo sin notar la pausa. Mara y Elio conservaron sus recuerdos, pero desde ese día dejaron de guardarlos en silencio. Habían aprendido que un momento contado a alguien no se gasta: encuentra otra forma de durar.
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