Misterio

El silencio del relojero

Una relojería en absoluto silencio lleva a Eva y Noé hasta un artesano que detuvo sus máquinas para impedir que el barrio viviera con prisa.

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Historia de ejemplo protagonizada por Eva y Noé.

La calle tenía siete campanas y ninguna coincidía. Sin embargo, dentro de la relojería reinaba un silencio perfecto. Eva encontró todos los mecanismos desmontados. Noé vio una taza aún tibia y una frase escrita con polvo: «No pienso devolverles la prisa».

Siguieron rastros de aceite hasta el campanario. Allí estaba el relojero, contemplando el barrio inmóvil. Había construido un mecanismo central para sincronizarlo todo, pero el alcalde quería usarlo para medir comidas, conversaciones y descansos. Prefirió detener su obra.

Eva propuso destruirla. Noé, cambiarla. Convocaron a los vecinos y asignaron al reloj horas que no podían acelerarse: la sobremesa, el paseo, el saludo y el duelo. El alcalde protestó porque no eran productivas. Nadie le dio cuerda a su reloj.

El mecanismo volvió a funcionar, pero cada tarde se detenía durante veinte minutos. En ese intervalo las campanas callaban y las puertas se abrían. El relojero regresó a su tienda. Sobre el mostrador puso un cartel: «Reparamos relojes; el tiempo deberá cuidarlo usted».

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