Romance

La canción del balcón

Dos vecinos que nunca se hablan empiezan una melodía de balcón a balcón y dejan que todo el barrio escriba el final.

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Historia de ejemplo protagonizada por Nora y Daniel.

Después de la lluvia, Nora tocó cuatro notas en su balcón. Desde el edificio de enfrente, Daniel respondió con otras cuatro. No se conocían; durante semanas conversaron así, con acordes breves que llegaban siempre a las nueve.

La melodía creció. El panadero marcó el ritmo con dos cucharas, una niña añadió una flauta y el señor del quinto —que se quejaba de todo— encendía y apagaba la lámpara a modo de metrónomo. Solo faltaba la nota final. Nora y Daniel la evitaban porque terminar la canción podía terminar también el encuentro.

Una noche, el balcón de Daniel permaneció vacío. Nora tocó la melodía completa y dejó suspendido el último compás. Entonces sonó el timbre. Daniel estaba en la puerta, con el instrumento bajo el brazo y dos cafés.

No tocaron la nota final. Salieron a la calle y convirtieron la canción en otra distinta, más torpe y cercana. El barrio siguió interpretando la versión antigua cada verano. Algunas historias necesitan un cierre; aquella prefirió una puerta abierta.

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